Hay un argumento que circula con cada vez más frecuencia en los debates de política exterior: los organismos internacionales están rotos. La ONU bloqueada por el veto. La OMC sin árbitro de apelación desde 2019. La OMS golpeada por la pandemia y la política. La OTAN tensionada desde adentro. Si el multilateralismo funcionara, el argumento va, no estaríamos viendo lo que vemos.
El argumento es parcialmente correcto. Pero parcialmente correcto no es lo mismo que correcto. Y la conclusión que se extrae de él —que habría que reemplazar o abandonar los organismos internacionales— es más fácil de enunciar que de implementar.
Qué hace el multilateralismo que ninguna alternativa hace igual
Los organismos internacionales no son gobiernos mundiales. Nunca lo fueron. Son foros de coordinación entre estados soberanos que, por definición, no renuncian a su soberanía cuando se sientan en la mesa. Lo que ofrecen es algo más modesto pero más duradero: información compartida, estándares técnicos, mecanismos de resolución de disputas y —cuando funciona— legitimidad colectiva para actuar.
La Organización Internacional de Aviación Civil (OACI) regula los estándares de seguridad de todos los vuelos del mundo. La Unión Internacional de Telecomunicaciones asigna el espectro radioeléctrico y coordina las órbitas satelitales. El Codex Alimentarius establece los estándares de seguridad alimentaria que permiten el comercio global de alimentos. Ninguno de estos organismos aparece en los titulares. Tampoco el SWIFT, ni la ISO. Pero son los cimientos técnicos del mundo interconectado que damos por sentado.
Criticar al multilateralismo porque la ONU no pudo detener la guerra en Ucrania es como criticar al derecho contractual porque algunos contratos se incumplen. El problema no es el instrumento: es la voluntad política de los actores.
Los límites reales — sin eufemismos
Dicho esto, los límites son reales y merecen ser nombrados. El Consejo de Seguridad de la ONU tiene cinco miembros permanentes con derecho de veto que no pueden ser sancionados por el mismo organismo que tienen poder de bloquear. Esto no es un defecto de diseño: es una decisión política de 1945 que reflejaba quién tenía la fuerza para hacer cumplir o no las decisiones. El mundo de 2026 es radicalmente distinto al de 1945, y el Consejo no se ha reformado.
La OMC perdió su función arbitral de apelación porque Estados Unidos bloqueó el nombramiento de nuevos miembros del Órgano de Apelación durante la administración Trump, y ninguna administración posterior lo ha restaurado completamente. El resultado es un sistema comercial multilateral que puede dictar reglas pero no ejecutarlas con el mismo rigor de antes.
La OMS demostró durante COVID-19 que su capacidad de actuación depende de lo que los estados miembros le permiten hacer: tardó en declarar la emergencia internacional en parte por presiones políticas, y careció de instrumentos para obligar a China a dar acceso temprano a investigadores independientes.
Pero la alternativa es peor
El mundo sin organismos multilaterales no sería un mundo de soberanías fuertes y estados felices. Sería un mundo donde cada conflicto comercial se resuelve por la fuerza económica relativa de las partes, donde los estándares de aviación o farmacéuticos se negocian bilateralmente, donde la respuesta a pandemias depende de qué tan generoso quiera ser el estado con el laboratorio más cercano.
La multilateralización imperfecta —con organismos llenos de limitaciones políticas, burocracias pesadas y mandatos contradictorios— es preferible a la ausencia de multilateralización. No porque sea bonita, sino porque reduce la fricción entre actores que de otra manera resolverían sus diferencias con más poder y menos reglas.
El multilateralismo que viene
La pregunta no es si los organismos internacionales son perfectos. No lo son. La pregunta es si el multilateralismo —la práctica de coordinar entre múltiples actores bajo reglas comunes— sigue siendo útil y qué formas puede tomar en un mundo más fragmentado.
La respuesta más honesta es que el multilateralismo clásico, de base universal y vocación normativa global, probablemente no sea la forma dominante del próximo ciclo. Lo que está emergiendo es un multilateralismo de geometría variable: coaliciones de estados con intereses convergentes que actúan juntos en áreas específicas, sin esperar consenso universal. El acuerdo AUKUS en seguridad, el IPEF en economía digital, los marcos minilaterales del Indo-Pacífico, son todos experimentos en esa dirección.
No reemplazarán a la ONU ni a la OMC. Pero pueden cubrir los espacios donde el sistema universal se ha paralizado. El riesgo es la fragmentación: un mundo de bloques con reglas incompatibles es menos estable que uno con reglas comunes imperfectas. Ese es el equilibrio que la próxima generación de diplomáticos y juristas internacionales tendrá que gestionar.
Datos sobre membresías de organismos según sus sitios oficiales. Las referencias al bloqueo del Órgano de Apelación de la OMC corresponden a informes públicos de la organización disponibles en wto.org.